Seguir rodando o morir

Selvin camina confundido por el parque central de la Ciudad de Guatemala. A su derecha, el Palacio Nacional donde el presidente y su gabinete recibe a presidentes, funcionarios y hasta reyes, a sus espaldas la Catedral Metropolitana: las campanas ya marcaron más de las 12 del día, el Sol está en el cénit. Con sus manos, se toma el cabello como si tratara de arrancarlo. Se está acabando el día y no lleva nada de dinero ni comida para sus cuatro hijos.

Al otro lado del parque, en un altoparlante viejo, dos hombres ponen música evangélica. Las canciones viajan y rebotan por el parque casi vacío. Selvin no puede más; se arrodilla y levanta las manos clamando por ayuda; ora y llora por unos minutos. Enjuaga las lágrimas,, compone su mascarilla y vuelve a elevar los brazos al cielo. Él es vendedor informal. En las mañanas, compra cualquier producto que consiga barato en el mercado y sale por las calles de la Ciudad de Guatemala a vender. Por las medidas de prevención de contagio de coronavirus, las calles están famélicas de personas. No hay gente. No hay dinero.

Uno de los hombres – vestido con un saco negro – se acerca a él, le coloca una mano en el hombro y rezan juntos. Al terminar Selvin recibe un libro, el Nuevo Testamento. El hombre de saco se despide y, entre lágrimas, Selvin regresa a casa con una Biblia y sin comida para sus hijos.

A 90 kilómetros del centro de la ciudad, en Chimaltenango, un departamento agrícola. Hombres y mujeres de Patzún reciben el amanecer trabajando: el toque de queda impuesto por el gobierno limita sus horas de trabajo. Arrancan zanahorias con vehemencia, las lavan en cuencos enormes y las empaquetan en pocos minutos, con un trote constante practicado por años para levantar varias libras de peso perfectamente equilibrado en la espalda y con técnica para no arruinar el producto. Los hombres van y vienen, del campo a un camión.

Las bolsas de zanahorias emulan una cruz en su espalda. Con amabilidad pero con prisa dicen su nombre (si se les pregunta) y dan algún dato extra, apretando la voz para dar a entender su urgencia de continuar sin distracciones.


Hay varios casos de personas infectadas a los alrededores de sus comunidades. Su producto es discriminado y también los productores. Pero cada día, a las 4 de la mañana (hora en la que pueden salir de casa), caminan y corren hacia los campos de lechugas, tomates, zanahorias o repollos, y siguen moviendo la comida para la ciudad y para sus comunidades.

Viven en una pequeña villa con otros familiares. Bryan y sus hermanos no van a la escuela hace dos meses; un proyecto de educación popular Los Patojos (Los pequeños) les mandan material educativo sin ninguna ayuda del gobierno. También se las ingenian para reunir paquetes de alimentos para las familias que se han quedado sin ingresos por la cuarentena del coronavirus.

Ambos sudan en el estudio que improvisaron frente a la cama donde duermen los niños. Bilma regaña a Bryan por no hacer su tarea de idioma maya Kaqchikel que su maestro le envió días atrás. La única que sale es su hermana mayor,  va al mercado todos los días a esperar que le den algunas verduras a cambio de ayudar en la limpieza del lugar.

De nuevo en la ciudad, frente a una gran carpa, trabajadores de un circo llevan a la calle su espectáculo. Con casi 3 meses sin funciones, los artistas ya no pueden más. Hacen malabares, trucos con aros, actos de payasos a un lado de los automóviles que pasan. Piden dinero o comida.

Un hombre de 1.60 metros, disfrazado de Deadpool – este personaje casi inmortal de cómics -, hace suertes con dos sables de luz de la Guerra de las Galaxias (Star Wars), mientras tanto una niña de 3 años arrastra un aro mientras su mamá extiende una bolsa de plástico para que un automovilista deja un billete de 5.

Atrás del espectáculo callejero la carpa de Rey Gitano más triste y vacía que nunca. Un payaso de unos 50 años, cansado de saltar sobre el concreto, se sienta en la parada de autobús también vacía. Tiene la sonrisa pintada con maquillaje, pero las ganas de llorar no las puede esconder.

Otra vez cerca del Palacio Nacional en un parque más pequeño nombrado en honor a Cristóbal Colón, es el centro de venta de piñatas, siempre colgadas afuera de sus escaparates, personajes de Marvel, Disney, personajes clásicos del Chavo del 8 o incluso una piñata de algún político caído en desgracia.

Una piñatería en el parque tiene algo peculiar. Afuera cuelga, con unos dientes de tiburón y unos ojos de villano de película animada, la personificación del COVID-19. Los compradores asombrados y divertidos se detienen y preguntan por el precio del producto.

En una época sin fiestas ni reuniones las famosas piñatas no se venden. Marily, la dueña del negocio, decidió arriesgarse y hacer piñatas del coronavirus. En semanas, es el único modelo que vende. Un canal de televisión llegó antes y le hizo una entrevista; la noticia se volvió viral. En las redes sociales, la insultaron y amenazaron por lucrar con el virus.

Sin embargo, semanas después, sus colegas la imitaron, el Parque Colón se rodeo de piñatas del virus, y no se vende ninguna otra cosa más.

En Guatemala, un país quebrado, el coronavirus ha hecho polvo los pedazos. La contradicción de no moverse para vivir tiene al país en una crisis económica y de desempleo, que se niega cada semana; en este país de Centroamérica, la consigna es seguir rodando o morir.

Selvin caminha confuso pelo parque central da Cidade da Guatemala. À sua direita, o Palácio Nacional, onde o presidente e seu gabinete recebem presidentes, oficiais e até reis; atrás dele, a Catedral Metropolitana: os sinos já marcam mais de meio dia, o Sol está no auge. Com as mãos, ele pega o cabelo como se estivesse tentando arrancá-lo. O dia está terminando e ele não tem dinheiro nem comida para seus quatro filhos.

Do outro lado do parque, em um alto-falante antigo, dois homens tocam música evangélica. As músicas viajam e pulam pelo parque quase vazio. Selvin não aguenta mais; ajoelha-se e levanta as mãos, pedindo ajuda; ora e chora por alguns minutos. Enxuga suas lágrimas, ajusta sua máscara e levanta os braços para o céu novamente. Ele é um vendedor informal. De manhã, compra qualquer produto que encontre por um preço baixo no mercado e sai às ruas da Cidade da Guatemala para vender. Por causa das medidas para impedir a disseminação do Coronavírus, as ruas têm fome de pessoas. Não há gente. Não há dinheiro.

Um dos homens – vestindo um saco preto – se aproxima dele, coloca a mão em seu ombro e eles oram juntos. No final, Selvin recebe um livro, o Novo Testamento. O homem no saco se despede e, entre lágrimas, Selvin volta para casa com uma Bíblia e sem comida para os filhos.

A 90 quilômetros do centro da cidade, em Chimaltenango, um departamento agrícola. Homens e mulheres de Patzún recebem o amanhecer no trabalho: o toque de recolher imposto pelo governo limita suas horas de trabalho. Pegam veementemente cenouras, lavam-nas em tigelas enormes e as embalam em poucos minutos – uma corrida constante, praticada por anos, para levantar vários quilos perfeitamente equilibrados nas costas, com uma técnica para não arruinar o produto. Os homens vêm e vão, do campo para um caminhão.

As sacolas de cenoura imitam uma cruz nas costas. Com gentileza, mas com pressa, dizem seus nomes (se perguntados) e fornecem algumas informações extras, apertando suas vozes para indicar a urgência em continuar sem distrações.

Existem vários casos de pessoas infectadas em suas comunidades. Seus produtos e produtores são discriminados. Mas todos os dias, às 4 da manhã (quando podem sair de casa), caminham e correm em direção aos campos de alface, tomate, cenouras ou repolhos, e continuam transportando alimentos para a cidade e para suas comunidades.

Eles moram em um pequeno vilarejo com outros parentes. Bryan e seus irmãos não vão à escola há dois meses; um projeto educacional popular, Los Patojos (“Os Pequenos”) lhes envia materiais educativos sem nenhuma ajuda do governo. Eles também arrecadam alimento para famílias que ficaram sem renda com a quarentena de coronavírus.


Ambos suam no estúdio improvisado em frente à cama onde as crianças dormem. Bilma repreende Bryan por não ter feito sua lição de casa de língua maia Kaqchikel que seu professor lhe enviou dias atrás. A única que sai é a irmã mais velha, que vai ao mercado todos os dias para poder receber alguns vegetais em troca de ajudar na limpeza do local.

De volta à cidade, em frente a uma grande tenda, trabalhadores de um circo levam seu espetáculo para a rua. Depois de quase três meses sem funções, os artistas já não aguentam mais. Fazem malabarismos, truques com argolas, atos de palhaços ao lado dos carros que passam. Pedem dinheiro ou comida.

Um homem de um metro e sessenta, vestido de Deadpool – esse personagem quase imortal dos quadrinhos -, faz sua sorte com dois sabres de luz de Star Wars, enquanto uma menina de 3 anos arrasta um aro, enquanto sua mãe estende uma sacola plástica. Então, um motorista deixa uma nota de 5.

Ao fundo do show na rua, a barraca de Rey Gitano está mais triste e vazia do que nunca. Um palhaço de 50 anos, cansado de pular no concreto, fica sentado no ponto de ônibus também vazio. Seu sorriso é pintado com maquiagem, mas não pode esconder o desejo de chorar.

Novamente perto do Palácio Nacional, em um parque menor com o nome de Cristóvão Colombo, fica o centro de vendas de piñata, sempre pendurando do lado de fora de suas janelas personagens da Marvel, Disney, personagens clássicos do Chaves, ou até mesmo uma piñata de algum político caído em desgraça.

Uma das piñaterías no parque tem algo peculiar. Do lado de fora, com dentes de tubarão e olhos de vilão de filmes de animação, eis a personificação do COVID-19. Compradores surpresos e entretidos param e perguntam sobre o preço do produto.

Em um período sem festas ou reuniões, as famosas piñatas não vendem muito. Marily, a proprietária do negócio, decidiu arriscar e fazer piñatas do coronavírus, Em semanas, é o único modelo que vende. Um canal de televisão veio e a entrevistou; a notícia viralizou. Nas redes sociais, ela foi insultada e ameaçada por lucrar com o vírus.

No entanto, semanas depois, seus colegas seguiram o exemplo. O Parque Colón se encheu de piñatas do vírus, e nada além delas tem saída nas lojas.

Na Guatemala, um país quebrado, o coronavírus pulverizou os pedaços. A contradição de não se mover para viver leva o país a uma crise econômica e ao desemprego, negados toda semana; neste país da América Central, o slogan é continuar rolando ou morrer.


Un agricultor carga con bolsas de zanahorias en Patzún, Chimaltenango.
Bilma graba la lección de inglés de su hijo durante la cuarentena en Jocotenango, Sacatepéquez.
Selvin ora y llora en el parque central de Guatemala arrodillado, un hombre con una biblia en mano lo acompaña.
Una mujer se detiene frente a una fábrica y venta de piñatas con el modelo de coronavirus.
Una niña arrastra un aro mientras sus familiares realizan un acto en la calle junto a otros trabajadores del circo Rey Gitano que se encuentran sin trabajo por la cuarentena.

Esteban Biba é jornalista, graduado pela Universidad de San Carlos de Guatemala. Atualmente no staff Agencia EFE, baseado na Guatemala, cobriu a migração humana do triângulo norte para os Estados Unidos e os conflitos sociais e humanos na região.


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